Este verano 2009 pase una semana de agosto en Marbella. Uno de los días aproveche para ir a Puerto Banús y ver lo que se movía por allí. Tanto hablar tanto hablar. Es como lo pintan y tampoco es para encumbrarlo. Ante todo, es pintoresco para quienes no han visto tiendas de marca, coches de edición limitada, restaurantes y discotecas exclusivas por metro cuadrado. Me incluyo, y como ya he puesto no tiene mayor interés. Merece más la pena el pueblo pesquero de Marbella, el casco antiguo (si vuelvo, ya escribiré sobre el próximo verano).

Puerto Banús son dos calles. Al margen del resto del núcleo urbano, que bajándome en la última parada del autobús que te deja en El Corte Inglés, había una plaza con una mercado de artesanía. Estuve dando una vuelta por el paseo principal y metiéndome por una callejuela con un arco, salí a la zona de etiqueta. Realmente, la palabra es exclusivo, porque todo en Puerto Banús se traduce en exclusividad. En único. O así lo quieren vender.


En la primera de esas calles, encuentras tiendas de ropa de firma como una de Madonna y restaurantes tan chic como una crepería muy recomendable, sobre todo, por los crepes de dulce. No le llegan a suela de los zapatos a los franceses, por mucho que añadan los ingredientes de los salados en la misma masa y te cuestan el triple sin contar la bebida. Para eso te pegas un viaje a París o te los preparas en tu casa. Están bien.


Siguiendo por esa calle, sales a la otra donde está el peaje de carracos (haré un muestrario de fotografías en el segundo post de Puerto Banús), los locales de moda, el puerto y el mirador de la torre. Si hay coches de todos los colores para deslumbrarte y no tocar, se puede decir lo mismo de las embarcaciones. Como de momento uno no puede aspirar a esas trivialidades, me conformo con las vistas bajo la puesta de sol. Innegablemente bellas.

